El Polvo Blanco de Torrevieja Capítulo 7: Epílogo. Polvo
Habían pasado seis meses.
Septiembre de 2026. Un nuevo año escolar.
García estaba de pie frente a la pizarra. Estaba drogado, como siempre. Pero no del todo. Contrato.
El último lote.
Estaba escribiendo la fórmula.
García notó que le costaba pensar.
La calidad... Estaba disminuyendo.
El Señor Dios se había ido. Pero las entregas continuaban. Con otro nombre. De la empresa "Educación del Futuro".
García borró la pizarra. El polvo le dio en la cara. Tosió.
Kiko, al fondo de la clase, levantó la mano.
"Don Javier, ¿es cierto que ahora tendremos tabletas?"
García lo miró.
"Sí, Kiko. Tabletas."
"¿Y tú?"
"¿Yo? Me quedo. Para los que quieran recordar."
García se miró las manos. Tenía unos granos de cocaína blanca. Se le había incrustado en los poros. Sabía que jamás podría lavársela.
Javier salió del aula. Velásquez estaba en el pasillo.
—¿Cómo estás?
—La cocaína se está echando a perder —dijo García.
—Nada dura para siempre, Javier.
—Me lo advirtió.
—¿Quién?
—Dios.
Velázquez suspiró.
—Olvídalo. Sigue adelante. Tenemos una escuela. Tenemos alumnos.
García se acercó a la ventana. Torrevieja brillaba bajo el sol. El mar estaba en calma.
Pero García se sentía inquieto.
Sacó su teléfono. Abrió el mensaje de ese número anónimo. Seguía ahí.
—Me iré. Y entonces llegará la verdadera oscuridad.
García miró la pizarra al final del pasillo. Era electrónica. Interactiva.
Nueva.
El logotipo de la empresa brillaba en ella. «TWITRIS 2026».
García lo entendió. Dios no se había ido. Simplemente había cambiado de forma. Ahora dependen del software. De las actualizaciones. De las suscripciones.
García soltó una risita.
«Maldito progreso», susurró.
Fue a clase. La lección continuó.
Entrega de cocaína España/Alicante/Torrevieja
Pero en algún lugar de la ciudad, en ese mismo garaje del Paseo Vista Alegre, la puerta estaba abierta de par en par. Dentro, estaba vacío. Solo una bolsa de cocaína yacía en el suelo.
Una rata se acercó. La olfateó. Y se fue.
La ciudad seguía su curso. Y nadie sabía que el verdadero precio no se pagaba con dinero. Sino con algo más.
García escribía en la pizarra. La cocaína de colores le atormentaba la mente.
No se detenía. Porque ese era su trabajo. E incluso si el mundo entero se convirtiera en un caos de colores, seguiría usando cocaína blanca. Mientras quedara al menos una bolsa.
