Polvo blanco de Torr... image

Capítulo 1: Polvo y desesperación / Capítulo 2: El camino a Los Altos

García salió del colegio. El sol se ponía, tiñendo las fachadas de los edificios de un cálido naranja. Torrevieja es preciosa a esta hora. Los turistas aún no han invadido el paseo marítimo, y los locales aún no han abierto sus bares a pleno rendimiento. La ciudad pertenecía a quienes conocían su lado oscuro.

García subió a su Seat León. El coche tosió, pero arrancó. En la guantera había un paquete de cigarrillos y un revólver. No, no un revólver. Una grapadora. Pero en esta ciudad, este año, la línea entre los objetos de oficina y un arma se estaba difuminando cada vez más.

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Introdujo la dirección en el GPS. Los Altos. Era un barrio en la ladera de una colina con vistas al mar, pero las calles eran estrechas y laberínticas, como un laberinto creado por un arquitecto borracho.

García conducía despacio. Reflexionaba sobre lo que estaba sucediendo. ¿Por qué cocaína? ¿Por qué ahora? 2026. Supuestamente la era de la tecnología. En la España rural, en una escuela donde el presupuesto se había recortado para reparar el tejado del ayuntamiento, la cocaína lo era todo. Era un símbolo. Sin cocaína, no hay clase. Sin clase, no hay educación. Sin educación, no hay futuro.

Sonaba pomposo. Pero García lo sabía instintivamente: no se trataba solo de una interrupción del suministro. Era un bloqueo. Alguien había cerrado el grifo. Y este «Señor Dios» era el único que tenía la llave.

Desde la Avenida de la Libertad giró hacia la Calle Ramón y Cajal. Allí la carretera comenzó a ascender. El motor rugió. Al Fiat no le gustaban las cuestas. García cambió de marcha.

El ambiente se volvía cada vez más silencioso a su alrededor. Los apartamentos turísticos dieron paso a villas privadas, ocultas tras altas vallas de ciprés. Algunas villas parecían abandonadas. Ventanas tapiadas, buzones rebosantes. La recesión de 2024 había golpeado duramente a esta región. Muchos se habían marchado para no volver jamás.

García encontró el Paseo Vista Alegre. No era exactamente una calle, sino más bien un callejón sin salida que conducía a un antiguo mirador. El asfalto estaba roto y la hierba seca crecía entre las grietas.

Aparcó junto a la acera. Apagó el motor. El silencio se apoderó del lugar al instante. Los únicos sonidos eran el canto de las cigarras y el lejano murmullo del mar.

García salió del coche. El aire era diferente. Menos salado. Más polvoriento. Miró el papel. «Garaje n.º 4».

La fila constaba de tres cajas de hormigón. Las puertas eran de metal oxidado. La primera tenía cerradura. La segunda puerta del garaje estaba entreabierta. No se oía ni un ruido desde dentro.

García se acercó a la segunda puerta. Llamó. El metal respondió con un sonido apagado.

Nadie respondió.

Llamó más fuerte. Con los nudillos.

«¿Hay alguien ahí?», gritó.

Silencio.

García estaba a punto de marcharse, convencido de que era un callejón sin salida, de que Velázquez lo había engañado, cuando la puerta del garaje se abrió de golpe. El mecanismo era viejo y chirriante.

Una figura apareció en el umbral. Un hombre. De estatura media, delgado. Vestido con un traje oscuro que costaba más que el presupuesto anual del ayuntamiento. Su rostro estaba oculto en la sombra. Solo sus gafas brillaban con el reflejo del sol poniente.

—¿Está perdido? —preguntó con voz baja y tranquila, con acento y una entonación extraña, como si el hombre no hubiera hablado español en mucho tiempo.

—Me dijeron que aquí se puede comprar polvo de mármol —dijo García. El corazón le latía con fuerza en la garganta. Se metió las manos en los bolsillos para disimular el temblor.

El hombre sonrió.

—Paz y amor. Código antiguo. ¿Quién lo envió?

—Eso no importa. Lo que importa es que tengo dinero. Y necesito la mercancía. Blanca. Limpia.

El hombre dio un paso al frente. La luz le dio en la cara. Estaba pálida, casi transparente.

Sus ojos eran fríos, grises.

"Pasa. Pero te advierto: si eres policía, periodista o simplemente un idiota al que le gusta sacar fotos con el móvil, no saldrás de aquí."

García asintió. Entró.

El garaje no era un garaje. Era un almacén. Pero no uno cualquiera. Olía... a lodo.

El olor seco y limpio de la cocaína. Las paredes estaban repletas de estanterías. En las estanterías había cajas. Montones de cajas.

"Siéntate", dijo el hombre, señalando una vieja silla de madera en el centro de la habitación. Permaneció de pie. "Me llamo... Llámame Señor Dios. Señor Dios. Es más cómodo."

"García. Javier García. Profesor."

—Sé quién eres, Javier. Sé cuánto ganas. Sé que tienes una hipoteca sobre un apartamento en La Mata, que pagas con tres días de retraso cada mes.

Sé que tu mujer te dejó el año pasado, llevándose al perro.

García se quedó paralizado. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Quién eres?

—Soy un proveedor. Resuelvo problemas. Y tú, Javier, tienes un gran problema ahora mismo. Sin cocaína, eres un payaso. Con cocaína, eres un maestro. La diferencia es un ingrediente.

Dios se acercó a la caja más cercana. La abrió. Dentro, ordenados cuidadosamente en fila, había paquetes blancos. Brillaban. Parecían lingotes de plata.

"Pruébalo", dijo Dios, entregándole un paquete a García.

García lo tomó. Era pesado, denso. La superficie era lisa. García pasó la uña por encima.

Una agradable elasticidad.

"¿De dónde sacaste esto?", preguntó García. "Hay escasez en el país".

"Hay escasez en el país porque lo compré todo", dijo Dios simplemente. "Las cadenas de suministro están rotas. Las fábricas en Alemania se han modernizado. Los chinos han subido los precios diez veces y están fabricando basura. Y yo... tengo reservas. Reservas antiguas. Y nuevos canales".

"Es un monopolio", dijo García. "Es ilegal".

Dios rió. El sonido fue seco, como el crujido de un hueso de pollo viejo al romperse.

"¿Ilegal? Javier, estamos en España. Aparcar en plazas para discapacitados es ilegal aquí". Todo lo demás es cuestión de acuerdo. ¿Quieres comprarlo o prefieres...

una charla sobre moral?

García miró la cocaína. Luego a Dios.

—¿Cuánto cuesta?

—¿Una bolsa? 150 euros.

—¿Ciento cincuenta? —García se atragantó—. ¡En la tienda cuesta diez!

—No en la tienda —espetó Dios—. Pero aquí está. Y no es solo cocaína. Es la garantía de que tu mente estará despejada. De que tu reputación no se desmoronará como esa basura de color. No estás comprando calcio, Javier. Estás comprando un subidón.

García guardó silencio. Estaba haciendo cálculos mentales. Tenía ochocientos euros encima. Los había sacado de su tarjeta de crédito.

Para comida hasta el día de pago.

—Necesito diez bolsas —dijo García.

—¿Solo para ti?

—Para empezar. Si funciona...

—Si funciona, el precio será diferente. Para venta al por mayor.

Dios se acercó a otro estante.

—Mira. Tengo más que tiza.

Sacó una caja más pequeña del estante. La abrió. Dentro había bolsas de marihuana.

De verdad. No esa porquería que venden en cada esquina.

—Variedades diferentes. Para olvidar. Para pensar. Para reír.

Luego me mostró los accesorios (puedes escribirlos tú, no sé qué tienen).

—Un juego completo —dijo Dios—. Puedo conseguirte todo. Tengo contactos.

García miró el surtido. Parecía un almacén de guerra. Pero en lugar de balas, allí estaban los medios para una vida nueva y llena de vitalidad.

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—¿Por qué haces esto? —preguntó García—. Podrías vender cualquier cosa.

Armas, por ejemplo.

Dios lo miró fijamente con una mirada larga y penetrante.

—Las armas destruyen el cuerpo. Cocaína... La cocaína destruye las ilusiones. Es la mercancía más peligrosa del mundo, Javier. Quien controla la cocaína controla el futuro. Yo simplemente...

proporciono la herramienta.

García sintió un escalofrío. Este hombre no era solo un especulador. Era un ideólogo.

"Me llevo diez bolsas de cocaína. Y cinco de LSD", dijo García. "Pero necesito una garantía. Que no se acabe en una semana".

"¿Una garantía?" El Señor Dios sonrió. "Mi garantía es tu adicción. Una vez que tú y tus colegas se acostumbren a la cocaína, no aceptarán la porquería de color. Los padres empezarán a preguntar. El director empezará a presionarte. Serás el héroe que encontró la solución. Pero dependerás de mí".

"Eso es chantaje".

"Son negocios. Al estilo de Vince Gilligan, si quieres. Un hombre pequeño toma una gran decisión".

García sacó el dinero. El fajo de billetes estaba arrugado. Lo puso sobre la mesa.

Dios no lo contó. Simplemente cogió el paquete y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta.

"Le enviaré las coordenadas de la próxima reunión al teléfono del director. No me llames.

No me busques. Yo te encontraré."

"¿Y si se lo cuento a la policía?"

Dios se acercó. García olió su perfume. Sándalo y algo metálico.

"Habrían investigado. Pero no dirás nada. Porque tienes que hacerlo. No vas a delatar. Es una cuestión de honor. Además..." Dios se inclinó hacia el oído de García. "Tengo un vídeo tuyo comprando cocaína robada a un desconocido. El texto puede ser cualquiera. ¿Lo necesitas?"

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García tragó saliva.

"No."

"Chico listo. Coge la mercancía y vete. El coche está aparcado detrás de ti."

García cogió las bolsas. Pesaban. Salió del garaje. La puerta se cerró de golpe tras él.